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Gino Bartali mas que un un idolo del ciclismo y un heroe

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Dos Tours de Francia, tres Giros de Italia, más de un centenar de victorias, decenas de montañas conquistadas a golpe de pedal… Gino Bartali (1914-2000) fue uno de los más grandes ciclistas del siglo XX. Pero la biografía del bravo corredor toscano dio un vuelco radical tres años después de muerto, al salir a la luz su faceta más heroica. Era un ídolo nacional, un mito, y aprovechó esa fama en la Italia fascista de principios de los 40 para salvar la vida de cientos de judíos.

Nacido el 18 de julio de 1914 en Ponte a Ema, localidad cercana a Florencia, el joven Gino llegó al mundo del ciclismo de forma casual. Mientras estudiaba el Bachillerato, su padre le convenció para que trabajase después de las clases en las oficinas de un vecino, Óscar Casamonti, dueño de un comercio de bicicletas. Como pago por su trabajo le regaló una bicicleta y le convenció para que empezara a participar en pruebas ciclistas, en las que pronto destacó gracias a sus extraordinarias condiciones físicas.

Educado de manera muy religiosa, siempre se comportó con una admirable bondad, que ejercía de forma discreta. Así, defendió a Giovanni Valetti, campeón del Giro en 1938 y 1939 y declarado comunista, de una agresión por parte de fascistas, e incluso ayudó a sacarlo de la cárcel, donde fue enviado por sus ideas. Siempre dormía con una imagen de la Virgen en la cabecera de su cama y construyó una capilla en su honor. Educado, amable y solícito con todos, en una ocasión contestó así a un periodista que le preguntaba el porqué de su comportamiento: “Así se acordarán de mí y, cuando esté solo en mi tumba, con todo el tiempo para descansar, vendrán a darme conversación para que no me aburra”.

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Gino el piadoso, Gino el hombre de hierro, Gino el fraile volador… Son sólo algunos de los apodos con que se conocía al ciclista toscano. Ganó el Giro de Italia en 1936, 1937 y 1946; en 1938 se impuso, aún estando enfermo, en el Tour de Francia, carrera que ganó de nuevo en 1948, cuando ya era conocido como Gino el abuelo. Nunca se conformaba con ser segundo y no había puerto de montaña que se le resistiera. El parón de más de un lustro en todas las competiciones deportivas por la Segunda Guerra Mundial impidió que su palmarés fuera mucho más amplio. Pese a ello, cerró sus 19 años de profesional con 124 victorias en todo tipo de carreras.

Bartali aprovechaba cualquier ocasión para dejar constancia de su fe. En 1937, con sólo 23 años, debutó en el Tour de Francia después de haber conquistado ya dos Giros de Italia. Tras una espectacular victoria en Grenoble, con exhibición incluida en la subida al Galibier, se enfundó el maillot de líder. Pero al día siguiente, en una dura etapa de montaña, se cae por un barranco y acaba en un río, llegando a la meta con más de 15 minutos de retraso. Esa caída le obligaría a abandonar, pero lejos de mostrarse contrariado por el accidente, da gracias a Dios: “Estaba conmigo. Sin él, mi caída pudo haber sido más grave”.

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En 1940 irrumpe con fuerza en el panorama ciclista mundial un joven Fausto Coppi, quien gana su primer Giro corriendo en el mismo equipo que el consagrado Bartali. Entonces se inicia una rivalidad única que divide a la afición italiana. Gino contra Fausto, Bartali contra Coppi, un duelo de antagonistas sin igual en la historia del deporte. Ambos compitieron durante una década por las mismas carreras, las mejores del mundo; protagonizaron duelos épicos en las más empinadas montañas; fueron rivales encarnizados en la carretera y, sin embargo, amigos fuera de ella.

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Bartali siguió compitiendo hasta finales de 1953. En esa temporada, con 39 años, aún fue capaz de ganar por quinta vez la Vuelta a la Toscana y la Vuelta a Reggio-Emilia. Pero el 15 de noviembre de ese año, en un trayecto entre Milán y Como, estuvo a punto de perder la vida al ser arrollado por un coche mientras montaba en bicicleta. El accidente le produjo graves heridas en una rodilla y supuso su adiós al ciclismo profesional. Se retiró con la única amargura de no haber ganado nunca un Campeonato del Mundo.

Falleció el 5 de mayo de 2000 en su domicilio de Ponte a Ema, a consecuencia de un infarto.

Pero el gran Gino, San Gino, escondía un secreto, secreto con el que se fue a la tumba y que fue descubierto tres años después de manera casual, como se descubren las cosas importantes de la vida. Quiso el destino que en ese año 2003 Piero y Simona, los hijos de Giorgi Nissin, un contable hebreo de Pisa, encontraran el diario de su padre en el que narraba, con todo lujo de datos y detalles, el riguroso plan de salvación de judíos que ideó y dirigió en la Italia fascista de principios de los 40, en una especie de versión italiana de La lista de Schindler. Y en aquel diario aparecía de manera inequívoca el nombre de Gino Bartali, quien jugó un papel fundamental en toda esta historia.

¿Quién mejor que un ciclista de su fama, todo un mito nacional, un campeón orgullo de su país, para convertirse en el portador de documentos comprometedores y pasaportes falsos? Bartali, quien se había introducido en la red clandestina de Nissim, de profundas raíces católicas, recorría las carreteras de media Italia realizando sus entrenamientos a la vez que llevaba escondidos en su bicicleta, ocultos bajo el asiento o en el interior de los tubos de su Legnano roja y verde, tan sensibles documentos, gracias a los cuales cientos de judíos italianos perseguidos (se calcula que unos 800) pudieron “cambiar de identidad” y librar la muerte.

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En estas largas travesías en bicicleta que -mitad entrenamiento, mitad misión humanitaria- realizó entre 1942 y 1944, el campeón italiano llevaba su nombre visiblemente escrito en el maillot para que los oficiales fascistas no tuvieran la tentación de registrarle o arrestarle. Fue detenido en varias ocasiones en los puestos de control rutinarios, pero casi siempre lograba convencerles de que no había nada de extraño en pasearse en bicicleta por aquellas carreteras en plena Guerra Mundial. “Tengo que entrenarme para mantener la forma y poder defender a mi país en las competiciones futuras”, les decía. En un principio, su popularidad le otorgó un alto grado de indulgencia, y con frecuencia la conversación derivaba amigablemente hacia cuestiones ciclistas.

En una ocasión, sin embargo, fue conducido a Villa Trieste, como se conocía al acuartelamiento fascista de Florencia, donde acostumbraban a realizarse duros interrogatorios y torturas. Su actitud en esas largas cabalgadas sobre la bicicleta y su conocida cercanía a ciertos grupos católicos habían despertado las sospechas de los camisas negras. “Nadie puede impedirme montar en bicicleta”, les dijo Bartali, quien prosiguió algunos meses más con su labor de correo clandestino. Siempre dijo sentirse obligado a cumplir con el precepto cristiano de ayudar al prójimo, aunque tuviera que arriesgar su vida en el empeño.

La red clandestina y salvadora de Giorgio Nissim funcionaba gracias a la cooperación del arzobispo de Génova, de diversas órdenes de religiosos y monjas, y de la Acción Católica, entre cuyos miembros más comprometidos se encontraba, desde 1935, el campeón italiano. La salvación de estos cientos de judíos perseguidos se produjo por la solidaridad de empresarios, religiosos y miembros de la resistencia, pero no hubiese sido posible sin la labor de postino, sin las pedaladas solidarias, del gran Gino.

Gino el piadoso, Gino el hombre de hierro, Gino el fraile volador, San Gino, el hombre que salvó la vida a golpe de pedal a cientos de judíos, quiso ser enterrado, no con el maillot amarillo del Tour ni con la maglia rosa del Giro, sino con el mantello de terciario carmelitano. Esa fue su mejor carrera; ese fue su mejor triunfo

Espero les haya gustado esta parte de la historia del ciclismo, saludos.

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no hay palabras...grande Gino!!!

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