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    FOX FLOAT 32, 29er, GEOMATRIA G2, KASHIMA COAT, BLOQUEO REMOTO $ 300.000, TELEFONO 94796382
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    CICLISMO 31 AGO 2015 - 5:56 AM Esteban Chaves visto por su papá La berraquera de los Chaves Jairo y Carolina, los padres de Chavito, arriesgaron su patrimonio con tal de que su primogénito cumpliera su sueño de ser ciclista. El bogotano ha sido protagonista de la Vuelta a España 2015. Por: Luis Guillermo Montenegro - Theo González Castaño En Twitter: @luisguimonte @Theo_Gonzalez Cuando a Jairo Chaves se le pregunta de dónde viene la berraquera de Esteban, se extiende en palabras. Sus ojos brillan, su pecho se hincha y con orgullo comienza a contar con detalles lo que han hecho él y su esposa Carolina para que su primogénito se haya convertido en el excelso ciclista que hoy es. Al lado de Bryan, su hijo menor, y Juan Andrés Silva, uno de los mejores amigos de Esteban, le cuenta a El Espectador cómo ha sido el proceso y qué significa verlo pedaleando junto a los grandes ciclistas del mundo. A veces las circunstancias de la vida nos hacen fuertes. A mí me tocó sacar una familia adelante y trabajar muy duro. Lo principal era enseñarles que todo se logra con esfuerzo y dedicación. Que lo que uno sueña se logra pero siempre hay que exigirse. Esto no fue un trabajo que hice yo solo, sino junto a mi esposa Carolina, quien con mis hijos siempre fue muy sicorrígida. Recuerdo que cuando ellos tenían cuatro o cinco años, ella era la que les revisaba las tareas y si veía algo que no estaba bien, les arrancaba la hoja y les hacía volverlo a hacer. Suena duro, pero ese tipo de cosas han sido importantes para que mis hijos hayan entendido que siempre hay que buscar la excelencia. Un niño va creciendo con eso y se va formando con esa berraquera que se debe tener en la vida. ¿Cómo me di cuenta de que mi hijo tenía madera para el deporte? Recuerdo que en una mañana de un fin de semana lo llevé a una carrera de atletismo en Soacha. Llevaba dos o tres meses entrenando y me había pedido que quería competir, así que lo inscribí. Eran más o menos 300 niños y no se me olvida que tras la primera vuelta el que primero pasó por la meta fue Esteban. Ahí me dije: ahí hay algo. Yo toda mi vida hice deporte. No recuerdo un día de mi vida sin hacer deporte. Mi mamá me apoyó mucho hasta cierto punto, porque me dijo que la prioridad era el estudio y no los vicios. Pero yo siempre he creído que el deporte es un buen camino para la educación de los hijos y por eso siempre les inculqué la importancia de hacer ejercicio: montar en bicicleta, jugar fútbol o trotar. Claro que nunca hice eso con la intención de que mis hijos fueran profesionales, simplemente me di cuenta sobre la marcha que había talento. Un día llevé a Esteban a montar bicicleta con un grupo de mis amigos, ya veteranos, en Villa de Leyva. Él tenía 13 años. Eran 12 kilómetros y nos sacó ventaja a todos. Al segundo fue algo así como ocho minutos. Yo me entusiasmé y al poco tiempo lo metí a una escuela de ciclismo, luego en la Liga. Al principio lo llevé un poco acelerado, porque no sabía bien como era todo el tema del ciclismo, pero él respondía. Él era de la categoría infantil y en una oportunidad había un circuito en el Parque El Tunal en una categoría juvenil, les ganó a todos. Uno empieza a meterse en el cuento. Al principio era más un juego, pero poco a poco se comenzó a volver en serio. Yo lo llevaba a correr a un lado, al otro. No era que ganara todo, pero lo hacía bien. No de una manera exuberante, pero estaba ahí, entre los de adelante. Inicio » » » La berraquera de los Chaves PUBLICIDAD CICLISMO 31 AGO 2015 - 5:56 AM Esteban Chaves visto por su papá La berraquera de los Chaves Jairo y Carolina, los padres de Chavito, arriesgaron su patrimonio con tal de que su primogénito cumpliera su sueño de ser ciclista. El bogotano ha sido protagonista de la Vuelta a España 2015. Por: Luis Guillermo Montenegro - Theo González Castaño En Twitter: @luisguimonte @Theo_Gonzalez 1277 Twitter FaceBook Google Compartir en WhatsApp La berraquera de los Chaves Jairo (izq.) y Bryan, papá y hermano del pedalista colombiano Esteban Chaves. / Christian Garavito-El Espectador Cuando a Jairo Chaves se le pregunta de dónde viene la berraquera de Esteban, se extiende en palabras. Sus ojos brillan, su pecho se hincha y con orgullo comienza a contar con detalles lo que han hecho él y su esposa Carolina para que su primogénito se haya convertido en el excelso ciclista que hoy es. Al lado de Bryan, su hijo menor, y Juan Andrés Silva, uno de los mejores amigos de Esteban, le cuenta a El Espectador cómo ha sido el proceso y qué significa verlo pedaleando junto a los grandes ciclistas del mundo. A veces las circunstancias de la vida nos hacen fuertes. A mí me tocó sacar una familia adelante y trabajar muy duro. Lo principal era enseñarles que todo se logra con esfuerzo y dedicación. Que lo que uno sueña se logra pero siempre hay que exigirse. Esto no fue un trabajo que hice yo solo, sino junto a mi esposa Carolina, quien con mis hijos siempre fue muy sicorrígida. Recuerdo que cuando ellos tenían cuatro o cinco años, ella era la que les revisaba las tareas y si veía algo que no estaba bien, les arrancaba la hoja y les hacía volverlo a hacer. Suena duro, pero ese tipo de cosas han sido importantes para que mis hijos hayan entendido que siempre hay que buscar la excelencia. Un niño va creciendo con eso y se va formando con esa berraquera que se debe tener en la vida. ¿Cómo me di cuenta de que mi hijo tenía madera para el deporte? Recuerdo que en una mañana de un fin de semana lo llevé a una carrera de atletismo en Soacha. Llevaba dos o tres meses entrenando y me había pedido que quería competir, así que lo inscribí. Eran más o menos 300 niños y no se me olvida que tras la primera vuelta el que primero pasó por la meta fue Esteban. Ahí me dije: ahí hay algo. Yo toda mi vida hice deporte. No recuerdo un día de mi vida sin hacer deporte. Mi mamá me apoyó mucho hasta cierto punto, porque me dijo que la prioridad era el estudio y no los vicios. Pero yo siempre he creído que el deporte es un buen camino para la educación de los hijos y por eso siempre les inculqué la importancia de hacer ejercicio: montar en bicicleta, jugar fútbol o trotar. Claro que nunca hice eso con la intención de que mis hijos fueran profesionales, simplemente me di cuenta sobre la marcha que había talento. Un día llevé a Esteban a montar bicicleta con un grupo de mis amigos, ya veteranos, en Villa de Leyva. Él tenía 13 años. Eran 12 kilómetros y nos sacó ventaja a todos. Al segundo fue algo así como ocho minutos. Yo me entusiasmé y al poco tiempo lo metí a una escuela de ciclismo, luego en la Liga. Al principio lo llevé un poco acelerado, porque no sabía bien como era todo el tema del ciclismo, pero él respondía. Él era de la categoría infantil y en una oportunidad había un circuito en el Parque El Tunal en una categoría juvenil, les ganó a todos. Uno empieza a meterse en el cuento. Al principio era más un juego, pero poco a poco se comenzó a volver en serio. Yo lo llevaba a correr a un lado, al otro. No era que ganara todo, pero lo hacía bien. No de una manera exuberante, pero estaba ahí, entre los de adelante. Todo por Esteban Yo tenía una fábrica de muebles que se quebró por estar con Esteban. Tenía que descuidar mucho el negocio por estar pendiente de mi hijo. Yo salía a entrenar de cinco a siete de la mañana y me iba a trabajar y estar al tanto de los negocios, pero luego todo se volvió una viajadera con Esteban y eso hizo que comenzara a descuidar la carpintería. Incluso eso fue un conflicto en mi familia, porque ya no había para todo. Mi papá y mis hermanos me decían: Usted está loco. No van a vivir del ciclismo, pero yo les respondía: Ustedes no me dan para él, ¿no? Entonces no me jodan la vida. Cada vez el negocio más para abajo y yo con Esteban más de lleno. Fueron un par de años muy difíciles, de andar pelados, hasta que Esteban ganó el Tour de lAvenir en 2011. Ahí la vida nos empezó a cambiar. Él ha sido un muy buen hijo, actualmente es un pilar fundamental de la economía de la casa. Nos apoya en todo. Por ejemplo a su hermano, que está siguiendo sus pasos, le ha tocado suave, porque Esteban le ha dado cosas que ni él pudo tener en su momento. Mi esposa Carolina fue cómplice de todo. Ella siempre creyó en lo que hacíamos. Aceptó mi loca idea en ese momento y nunca cuestionó nada. Fue la mitad de este proceso, porque sin ella no hubiese sido posible. Así como le exigía en el colegio con las tareas, también lo hacía en el deporte. Le decía a Esteban que el uniforme tenía que estar limpio y era quien le ayudaba a lavarlo cuando solo tenía uno. El ciclismo en Colombia es diferente al de Europa. Cuando él salió a competir al Viejo Continente y fue a su primera carrera en Portugal, se lanzó en una fuga. Estaba haciendo mucho frío y además había llovido mucho. A él se le olvidó comer bien e hidratarse y faltando 13 kilómetros lo pasó todo el mundo, lo dejaron solo, le dio hipotermia, llegó solo a la meta, llorando y vuelto nada. Lo recibieron y lo tuvieron que llevar a un lugar más caliente, cambiarlo e hidratarlo. Obviamente ir a ese límite no es fácil. La primera vez eso cuesta. Cualquier otra persona pudo haber dicho en ese momento esto es una mierda, pero él no. Al otro día siguió la carrera, nuevamente se lanzó a la fuga, demostrando que ya había aprendido la lección. Cuando ganó el Tour de lAvenir, la etapa definitiva no le favorecía a él porque era una montaña mediana e iba a siete segundos del líder, un canadiense que rodaba muy bien en ese tipo de terrenos. Él no se dejó intimidar de eso, lanzó un ataque, se convenció de que podía lograr el triunfo y terminó con el título y vestido de amarillo. A él uno lo ve con una determinación de querer hacer las cosas y no detenerse, que lo motiva a hacer todo igual. La única vez que pensó en dejar el ciclismo fue en medio de la recuperación de su accidente. Lo habían operado, llevaba dos o tres meses de terapias, de jornadas de gimnasio y no se veía avance. Tenía que ayudarle a su mano a hacer todo. ¿Qué ciclista profesional puede montar con esas limitaciones? Nos tocó verlo llorar, sufrir, pero yo le decía que para adelante. En ese tiempo iba con él por la mañana, por la tarde. Todo el tiempo a su lado. Él me decía: ¿Qué tal que no llegue o no me mejore? No me veo haciendo otra cosas. Pero yo le decía que le diera, que le faltaba poco. Cuando Esteban iba a verse con el médico Castro, él le preguntaba: Bueno, chino, ¿cómo va?. Él no podía ni mover el brazo, pero el médico le decía: Huy, va muy bien, ya casi, ya casi, qué berraquera. Yo lo veo divinamente. A la próxima cita lo mismo Cuando Esteban ganó en California y trajo la camiseta para regalársela al médico, él reconoció que en el fondo pensaba que Esteban nunca iba a volver. Yo lo veía a usted y cuando se iba me quedaba preocupado y pensando que ese brazo iba a quedar jodido. Con ese triunfo en California, Esteban se dio cuenta de que estaba de regreso y que su sueño de ser campeón del Tour de Francia se podría lograr algún día. Uno en la vida puede ser lo que uno quiera. Pero a veces los papás somos matasueños. Soy totalmente convencido de que uno puede lograr las cosas por más imposible que parezcan. Si uno quiere ir a la Luna, pues esfuércese y trabaje y algún día se logrará. A Esteban lo apoyamos en todo. Quiso trotar y lo metí a una escuela con profesor y lo llevábamos todos los días. Luego quiso natación y fue igual. En ese proceso uno no tiene claro para dónde van, pero esa es la manera de que ellos se encuentren. En mi vida personal tengo muchos vacíos porque no me encontré conmigo mismo y tal vez si yo lo hubiese podido hacer, no los hubiera llevado a ellos por el rumbo del ciclismo. Si uno no va por esas cosas que sueña, pues es imposible. Siempre he querido con mis hijos que sean felices haciendo lo que les gusta. Bryan quiere ser también ciclista: pues vamos a ver hasta dónde le da, pero haremos todo lo posible porque logre su sueño. Esteban a los 15 años me dijo: Papá, yo quiero ganarme un Tour de Francia, y yo todos los días pienso que gracias a su esfuerzo y trabajo, lo va a poder lograr. Vamos a hacerlo. Yo quebré mi empresa porque la descuidé por el sueño de mi hijo, y si no lo hubiera logrado, no hubiese importando porque por lo menos lo intentó y esa es la clave. Así debe ser la labor de uno como papá. Yo les digo a ellos que yo tengo espíritu de Peter Pan. Porque uno puede crecer, pero nunca debe perder el espíritu de niño, que es el de divertirse y reír. La vida es así, es una bacanería. Esteban creció en un ambiente feliz, echando chistes y mamando gallo todo el tiempo. La mejor manera de superar los problemas es con una sonrisa. Eso veo que él lo aplica día a día.
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    Cualquier pegamento para parches de camara
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    Este viaje lo venía postergando desde hacía tres años y no pude hacerlo antes por problemas de cambios de contrato (y sus consiguientes pérdidas de vacaciones). Pues bien, al fin se dio la ocasión luego de renunciar a fines de octubre. Me fui en bus hasta San Pedro de Atacama. Llegué allí el domingo 16 de noviembre en la mañana y lo primero que hice fue encontrar alojamiento. Me quedé en el Hostal Hara, Ignacio Carrera Pinto 480. La habitación con baño privado por un día costó $28.000. Ese mismo día armé a mi Blanca (mi nueva Giant XTC ADV 27,5) y partí hacia el Valle de la Luna. El lugar está cerca, solo basta con dirigirse hacia la entrada norte del pueblo y se toma el desvío a la izquierda (un lugar que la gente le dice «rotonda», aunque de redonda no tiene nada, es más bien un triángulo; en Toconao me encontré con una denominación similar). El Valle es bonito, si biene me pareció un tanto pequeño el sector en que uno puede deambular. No quise meterme en los senderos habilitados para personas, ya que no llevé la cadena para amarrar la cleta por asuntos de reducción de peso. Sí sé, es casi imposible que alguien me la levantase en ese lugar, sin embargo, preferí no correr riesgos. La entrada vale dos lucas. Lo que no me gustó es que el camino luego de las Tres Marías, que conecta con el Valle de la Muerte, está cerrado, es decir, no se puede hacer el circuito completo, sino que hay que devolverse por la entrada e irse por la carretera hacia el otro valle. Al día siguiente emprendí mi viaje rumbo a Toconao, un pueblito bien tranquilo y bonito situado unos 38 km al sur de San Pedro de Atacama. Como no tenía apuro me alojé ahí. La habitación con baño compartido me costó $7.000. Esto me hizo ver que, tal como me adelantaron, San Pedro es caro y hay que estar preparado para gastar si uno va para allá. En Toconao probé la carne de llama y me gustó. Antes de acostarme aproveché de cambiar la cámara que había sido perforada por dos espinas al salir del otro pueblo. El 18 partí hacia Peine. Acá la tirada fue mayor: 65 km por rutas pavimentadas. Se puede acortar un poco yéndose por el camino de tierra, sin embargo, escogí la otra opción. Todo está señalizado, no pueden perderse. Nuevamente, me indicaron que debía torcer en la «rotonda», un triángulo al igual que hacia el Valle de la Luna. Peine es un pueblo pequeño, tranquilo, sin bullas, cuyo único gran defecto (a mi modo de ver) es que está construido en unos cerros con pendientes demasiado inclinadas. Entrando al mismo, frente a la escuela, hay un negocio de jugos y bebidas, que también ofrece alojamiento (Hospedaje Lascar, Latorre S/N). Por desgracia, tenía todas las habitaciones ocupadas; pero la señora Alicia (muy amable ella) que atiende llamó a sus colegas y pude alojarme en el Hospedaje Paso a Tulan, situado al final de la calle, unos 500 mt cerro arriba. Llegué al lugar con la lengua afuera de tanto empujar la cleta. La habitación con baño compartido me costó $10.000. Me di una ducha, fui a comer a Las Tres Y, ubicado un par de cuadras más abajo, y después me acosté. El 19, día de mi cumpleaños número 49, me levanté listo para emprender mi gran aventura: intentar llegar al Cráter de Monturaqui, el cráter de un meteorito que está a unos 30 km en línea recta de Peine y que tiene 360 mt de diámetro. Sabía que tal vez no pudiera llegar, no hay caminos hasta el sitio, y la ruta que tracé en Google Earth podía estar errónea. Pero quien no se arriesga no cruza el río, total, no debería tardarme más de dos días en ir y volver. Y llegado este punto quiero hacer una: ADVERTENCIA El viaje que voy a relatar es uno que debe hacerse solo por personas que tengan experiencia previa en esta clase de aventuras. El Desierto de Atacama es el más árido del mundo y para meterse en él hay que ser capaz de soportar la soledad, el silencio, la desolación y la incomunicación (hay cero señal de celular). Uno va a pedalear y pedalear durante horas o días sin ver a nadie. Quienes no estén dispuestos a resistir esto es mejor que no vayan o que los lleven en 4x4. Sí sé, suena como a "niños, no hagan esto en casa"; pero no quiero que nadie agarre papa, piense que es fácil y coja su chancha, llene la caramagiola, eche a la mochila un sanguchito envuelto en una servilleta junto con unas barritas de cereales, una frazada, una chaleca y parta a la aventura, porque con eso lo más probable es que esté timbrando su pasaporte para el Otro Mundo. Salí del pueblo en dirección al Oasis de Tilomonte. El camino es malo, harta calamina y tierra durante los primeros 4 km, pero después mejora. Solo me crucé con un par de camionetas. Al llegar a la bifurcación que va a Tilopozo torcí por ella. Este camino es pura tierra, aunque en bastante buen estado, hasta tiene señalizaciones en las curvas. Lo seguí hasta llegar al punto en que debía meterme al desierto pelado sin ver a nadie. Avancé usando los lechos de riachuelos seguramente formados durante el Invierno Altiplánico, ya que el barro solidificado es más fácil de pedalear que la tierra suelta. Seguí con mucho cuidado, procurando no agarrar demasiado vuelo para no caer violentamente en caso de perder el control. Por fortuna (o por experiencia, mejor dicho) no tuve ningún contratiempo y pedaleé suave y firmemente durante varios kilómetros. Aquí la tranquilidad era casi total, solo el viento ponía una nota de "bulla" al ambiente. A veces me detenía nada más que para admirar el silencio. Mirase donde mirase no se veía a nadie, tampoco se distinguía alguna construcción artificial, todo era arena, rocas y cerros, salpicado de vez en cuando por un poco de vegetación; nada de tráfico infernal, perros ladradores, fucking taxistas o flaites dispuestos a robarte la cleta. La sensación de estar ahí es incomparable, ni siquiera las fotos o los videos pueden transmitir el sentir de la pampa. Por desgracia, cercano ya el cráter, me topé con que la quebrada que me llevaría a destino estaba tapada con grandes rocas que habían caído, seguramente por culpa del anterior invierno. No se podía pasar. Pensé en dejar la bicicleta y seguir a pie (nadie me la iba a robar, era un lugar desolado), no obstante, temí sufrir una caída y romperme algún hueso que me dejase inmovilizado o perder el conocimiento. Como andaba solo, preferí no arriesgarme, ya que la Prudencia es la primera regla para mí. Fue un poco frustrante, no lo niego, sobre todo si estaba a miserables 4 km del objetivo; mas el resto del viaje compensaba la falla y el conocimiento adquirido en el terreno facilitaría un siguiente intento. Voy a volver, no sé cuándo, pero lo haré, el cráter no se librará de mi visita. ¿Alguien quiere acompañarme en 2015? (silencio en la sala, muchos miran para otro lado o consultan el teléfono y alguien murmura el clásico "qué es triste hablar solo"). Acampé a la entrada de la quebrada. La vista nocturna es preciosa y hasta vi una estrella fugaz (un meteorito que se quemaba en la atmósfera). Como estaba cansado no salí a dar una vuelta de noche y me quedé en la carpa. Al otro día emprendí la vuelta a Peine, ya que debía reabastecerme de agua para el siguiente trayecto. En total fueron unos 82 km ida y vuelta, la parte más interesante de mis vacaciones. Partí hacia Baquedano, un pueblo situado a unos 80 km al norte de Antofagasta. De ahí a Peine hay más de 200 km de carretera, usada principalmente por las mineras y que tiene un tráfico incesante (día y noche) de camiones y camionetas. Pedaleé hasta eso de la una de la madrugada y acampé a la vera del camino. Dormí poco, algo que me suele suceder en mis salidas (envidio a los que se meten al saco de dormir y al minuto siguiente están roncando como si nada) y en cuanto amaneció emprendí el viaje. Al atardecer estaba cansado, con sueño y me empezó a doler la ingle con el roce del sillín. La perspectiva de pasar otra noche al aire libre no era muy halagadora. Por fortuna encontré una camioneta estacionada y le pregunté al chofer si me podía llevar; dijo que sí, aunque debía esperar a que terminase su turno de fiscalizar camiones. Aguardé tranquilamente y una hora después echamos mi Blanca atrás y emprendimos el viaje. Me dejó en Baquedano, a la entrada de un restaurant con alojamiento, en donde aproveché de bañarme y comer. Ahí la habitación con baño compartido me costó $7.000. Dormí de un tirón y después de desayunar me fui. Me saludaron al salir, deseándome buen viaje. Atravesé Baquedano hasta empalmar con la 5 Norte. Estaba descansado y sin grandes dolores, por lo que la jornada se veía buena. La berma es ancha, se puede pedalear sin miedo a los vehículos. Lo malo era la maldita alambrada de púas que discurre a lo largo del camino, puesta para que los vehículos no se metan al desierto y evadan los peajes. Al menos no vi ningún cartel de "prohibido bicicletas" por el camino. Me topé con una pareja de Carabineros a mitad de camino; pero simplemente los saludé y seguí de largo. Tampoco vi a ningún otro ciclista. Atardecía cuando llegué al desvío a Antofagasta. Me puse la cámara deportiva en el casco y grabé los más de 20 minutos que me costó llegar a la ciudad. En Antofagasta me demoré más de una hora en encontrar alojamiento. No había visto nada, lo reconozco, así que llegué a la aventura. Pero como era una ciudad grande no debería demorarme demasiado en conseguir mi objetivo. Preguntando llegué al hotel Rocomar, Baquedano 810, en donde la habitación simple con baño privado me costó $ 28.000. Como tenía hambre, salí a comer. Tardé un rato en encontrar un restaurant que sirviera lasagna (andaba antojado, je, je, je) y después volví a dormir. Al día siguiente partí al terminal de buses a comprar pasaje a Chañaral, ya que estaba corto de tiempo para llegar a Copiapó, mi destino. Me fue bien y adquirí un boleto para las 13:30 hrs. Volví al hotel, recogí mis cosas y partí al terminal. No tuve problemas para subir la bicicleta sin bolso, solamente debí sacarle las ruedas y pagar el sobrepeso (más adelante hablaré de este punto). Partimos y a eso de las seis estaba en mi destino. Chañaral es pequeño y hay varios alojamientos al lado del terminal Tur-Bus. El que escogí, Hostal Playa Mar, me costó $13.000 la pieza con baño compartido. Fui a comer y luego volví a dormir. No turisteé en el lugar, estaba con sueño y tenía que guardar fuerzas para seguir al otro día. Partí no muy temprano, a eso de las 11, y me dediqué a ver bien el borde costero. Me gustó, quedó bonito el acceso a la playa y el pequeño puerto que tienen. Pero el resto de la ciudad me pareció un tanto desatendida. Al ver el lugar en donde solíamos parar de noche a comer cuando pasaba de niño en bus, encontré que el lugar era más pequeño de lo que recordaba. Bueno, la percepción del mundo cambia a medida que uno crece. Sin embargo, al pedalear hacia Caldera, me di el gusto de cumplir una fantasía de niño: visitar esas playas que se veían desde el bus y que siempre quise conocer. Hay muchas: Playa Hippie, El Médano, Porto Fino, por nombrar algunas. No las recorrí todas, por supuesto, mas pude disfrutar varias. Así, turistiando tranquilamente, llegué a almorzar a un restaurant a la pasada. Al atardecer me alojé en el restaurant y alojamiento El Barco. La habitación con baño me costó $ 7.000. Me levanté sin apuros a eso de las 10, desayuné y seguí mi viaje. Lo malo era que estaban arreglando el camino, así que los cortes de tránsito eran frecuentes. Algunas ocasiones tuve que aguardar junto a los demás vehículos en espera de mi turno para seguir. Y en una de esas ocasiones debí quedarme entre la tierra amontonada, ya que venía la hilera de vehículos en sentido contrario. Pero bueno, comparada con la vuelta por el desierto no era nada. Así, luego de varios retrasos, llegué a Caldera. Algo conocía de la ciudad, porque estuve allí en 2008 y 2010 de pasada, pero me acordaba. Encontré alojamiento en el Hotel Terrasol por $ 15.000 la pieza con baño privado. Me quedé dos días en el lugar, bien piola en pleno centro de la ciudad. El 27 emprendí la última etapa de mi viaje. No quería irme por la 5 Norte, ya que le habían hecho la doble calzada y ahora tenía un par de peajes por los cuales no quería pasar por si acaso (ganarme una echada y/o parte al final de mis vacaciones no entraba en mis planes). Pero mejor, ya que así me iba por una ruta más tranquila y que pasaba por un lugar histórico: la mina San José. Tardé un poco en encontrar el camino que buscaba, pero lo conseguí. En la estación Copec hay que doblar a la izquierda; tiene un cartel, no hay como perderse, el cual señala «Ruta del desierto». Me metí por ahí y a medida que avanzaba iban desapareciendo las señales de civilización. Poco a poco el cielo se fue despejando. A mitad de camino encontré una animita de un joven con techo y asiento, en donde paré a descansar y comer algo a la sombra, la única sombra en los casi 90 km hasta Copiapó. Allí casi todo eran cerros y arena a mi alrededor. Poco después, arribé a la entrada de la mina San José, en donde me saqué su correspondiente foto. No entré a ella, porque me iba a retrasar demasiado, aunque tal vez en otra ocasión lo haga. Continué mi viaje, siempre rodeado del mismo paisaje, encontrándome de vez en cuando con algún vehículo. Lo bueno es que esta ruta no es muy solitaria. Finalmente, luego de varias subidas, llegué a la cima de los cerros y empezó uun largo y rico descenso, el cual no paró casi hasta llegar a la carretera. En ella, mi única duda era si todavía existiría la ciclovía que conocía de 2010, ya que quizás con la doble pista la habían eliminado. Por suerte no era así y en algunos tramos solamente la habían corrido un poco. Llegué como a la mitad de ella y enfilé recto a Copiapó (son casi 10 km en total de ciclovía). Esa parte me recordó a la 5 Norte a la salida de Santiago: varias empresas, cuyos vehículos salen a la caletera (y acá hay una universidad de por medio). El tráfico en Copiapó es pesado, semejante al de la capital. En los cuatro años que no iba por la zona el flujo vehicular aumentó exponencialmente. Mi amigo me lo había advertido; pero al verlo en persona me di cuenta de que era en verdad muy complicado. Anduve con mucha precaución por la ciudad, la misma que tengo acá. Poco más de una hora más tarde estaba en casa de mi compadre y pude ponerle fin al viaje. Llevar la bicicleta en bus siempre es una aventura y acá detallo las tres ocasiones en que lo hice: 1) Santiago - San Pedro de Atacama: El pasaje costó $40.100 y, si bien el ayudante del chofer me preguntó qué llevaba, no me cobraron nada. 2) Antofagasta - Charañal: El pasajé costó $ 11.400 y me cobraron $ 10.000 por el dichoso sobrepeso (al menos me dieron un par de comprobantes por cinco lucas). 3) Copiapó - Santiago: El pasaje costó $ 9.900 y el sobrepeso $ 2.000. Los tipos cobran lo que quieren, como siempre. Yo prefiero no alegar para evitar malos ratos o, peor aún, que me maltraten la bicicleta a propósito. No sería raro que la plata se la gasten en unas chelas o cigarrillos (soy mal pensado, lo sé, no lo puedo evitar); pero al menos agradezco que el trato siempre haya sido cortés, no pesado como me pasó en otra ocasión. Kilometraje recorrido 35,76 - Valle de la Luna 38,38 - San Pedro de Atacama - Toconao 65,00 - Toconao - Peine 82,40 - Peine - Cráter (sin completar) - Peine 136,42 - Peine - Baquedano (sin completar, porque me llevaron) 80,54 - Baquedano a Antofagasta 61,82 - Chañaral hasta mitad de Caldera 38,18 - Resto del camino a Caldera 89,86 - Caldera - Copiapó En resumen, poco más de 600 Km por el norte, una experiencia maravillosa y que espero repetir al año que viene. Agradecimientos Bikemontt, por ser EL foro de ciclismo. Gracias a todos los usuarios que he conocido y a aquellos que han compartido sus experiencias con los demás. De verdad que han sido una gran inspiración para mí. Mi padre, por su apoyo en materias de carpintería y cerrajería, hobbies suyos desde hace mucho tiempo. Des-agradecimientos A todos aquellos que me tildaron de «loco» por ir al desierto en bicicleta (y a pie la primera vez), sobre todo los que insinuaron que estaba muy viejo para eso (en menos de un año cumpliré el medio siglo, y qué). Algunos me han preguntado dónde adquiero mis implementos de camping, así que aquí doy algunos datos: Supervivencia 2012 (www.supervivencia2012.cl), en donde venden artículos de camping y supervivencia. Aquí compré una ración militar de 24 hrs, que incluye tres comidas, snack y postre. Lo único malo es que solo trae dos calentadores, es decir, una comida hay que calentarla aparte. Está ubicada en Av.Apoquindo 5681, local 38, Caracol Vip’s. BlachSheepTactical (www.blacksheepchile.com), cuyo socio fundador, Gabriel Carranza, me atendió muy bien en los encargos que le hice de mochilas y banano. También lo encuentran en MercadoLibre. Response, una tienda similar a las otras dos (www.response.cl). Ahí compré un Trauma Pak, que incluye un Quik Clot, un apósito que disminuye el sangrado de las heridas, así como otros implementos para emergencias médicas. No lo usé y espero no usarlo nunca, sin embargo, creo que me pasaría de tonto si no voy preparado para lo peor. Gangas (www.gangas.cl/), importadora de varios productos, cuyos precios son muy razonables. Yo fui a la sucursal de San Alfonso 1304 y es impresionante la cantidad de productos a la venta. Mis tiendas regalonas en InterNerd: www.dx.com www.amazon.com www.fasttech.com No es una tienda, sin embargo, tiene mucha información para quienes estén interesados en linternas, baterías y cargadores: www.forolinternas.com Sí, antes de que alguien pregunte, estoy inscrito ahí como Teobaldo, igual que acá. Como dato curioso puedo agregar que la mayoría de las personas a las que consulté por alguna dirección en el norte, eran extranjeros recién llegados al país. Yo sabía casi tanto como ellos, así que es mejor informarse bien antes de ir por allá. Finalmente, un video que hice del viaje: Gracias una vez más a toda la gente del foro, tanto usuarios como administradores, por formar esta gran comunidad ciclista.
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